jueves, 10 de diciembre de 2009

Homenaje a Gabino Sosa


Por Oscar Iglesias

Hoy voy a hablar de uno de los mejores jugadores que vio nacer esta tierra. Muchos tal vez no lo conozcan o relacionen su nombre con el de un estadio de un equipo tradicional del ascenso, pero Gabino Sosa fue un verdadero crack, de esos que además jugaban durante toda su vida con la misma camiseta en el pecho. Esta notable figura de la escuela rosarina, nació en la ciudad portuaria el 4 de octubre de 1899, y ya desde muy pibe empezó a jugar en la institución con la cual lograría una identificación que llega hasta estos tiempos: el Club Atlético Central Córdoba.Al mismo tiempo en que empezaba a despuntar en el equipo del barrio “La Tablada”, el joven Sosa cumplía con sus obligaciones de obrero. Era de los que jugaba por vocación, poniendo el alma en cada jugada y volcando en cada partido el orgullo del barrio y su amor propio. Cuando solo tenía 15 años debutó en tercera división y en ese mismo año le llegó la posibilidad de jugar en primera. En sus primeros tiempos tuvo que jugar con pantalones largos, ya que más de una vez lo echaron de mala manera cuando pretendía entrar al vestuario y el ortiva de turno (?) lo confundía con uno de los tantos pibes que querían ver el partido sin pagar la entrada.

Al comienzo de su carrera fue puntero izquierdo, pero cuando pasó a desempeñarse como centrodelantero se quedó para siempre en ese puesto, dictando cátedras tan reiteradas como celebradas. Sobre el rectángulo verde, Gabino Sosa fue un auténtico lírico del fútbol. Solamente así, siendo un romántico de este deporte, es posible que más de una vez haya firmado contratos en blanco, porque jugaba por la camiseta y una vez reclamó como única prima una muñeca que deseaba regalarle a su hija ya que no tenía el dinero necesario para comprarla. Por cosas como esas fue un personaje de leyenda; le tocó actuar durante gran parte del amateurismo y los primeros años de profesionalismo, pero su espíritu no varió, jamás jugó por la plata.

Su fútbol era como él, sencillo y sin grandilocuencias. No se destacaba en nada particularmente pero tenía todo: hábil gambeta, pase preciso y una gran inteligencia en la concepción de la jugada. Jamás lo obsesionó el gol, dejaba esa tarea para los ocasionales compañeros de ataque. Pero los aplausos eran para el ídolo, porque el público sabía que la obra le pertenecía casi siempre por completo al “negro”. Eran tiempos en que los centrodelanteros tenían realmente la manija del quinteto ofensivo y todos respondían a quien hoy lleva el “9” en la espalda, aunque con una función bastante diferente.

Jugó más de veinte años con la camiseta de Central Córdoba (fuera de Rosario solo tuvo un breve paso por Instituto de Córdoba), lo que lo catapultó a la idolatría de la gente, más allá de sus notables condiciones para el juego. Con el equipo de camiseta azul ganó cuatro veces el torneo de la Asociación Rosarina de Fútbol, en una época en que CARC y NOB ponían todos sus esfuerzos allí, ya que comenzaron a jugar en la primera de la AFA en el campeonato de 1939. El profesionalismo naciente en 1931 lo encontró con quince temporadas en su espalda defendiendo al “charrúa”, y aunque lo fueron a buscar de clubes muy grandes de Capital o Nacional de Montevideo inclusive, el tipo prefirió quedarse en su pago y seguir jugando por los colores que tanto sentía. Solamente pidió a cambio 400 pesos (para que se den una idea, Ríver compró a Carlos Peucelle por 10.000 pesos) y la plata para comprarle aquella muñeca a su hija Laruncha. Hay que destacar asimismo, que en 1934 el equipo ganó de su mano la Copa Beccar Varela, torneo de gran prestigio en el cual había representantes de la liga argentina, la uruguaya, la rosarina, la santafecina y la cordobesa.

Gabino disputó cinco Sudamericanos (de los cuales ganó dos) con la camiseta argentina, entre 1921 y 1926, en épocas en que el triunfo se alternaba entre argentinos y uruguayos. Siempre dijo que su mejor recuerdo era haber jugado ante la “celeste” en el partido disputado en Sportivo Barracas, cuando los flamantes campeones olímpicos de 1924 cayeron 2-1 ante el combinado argentino. Tesorieri; A. Celli y Bearzotti; Médice, Fortunato y Solari; Tarasconi, E. Celli, Sosa, Seoane y Onzari fueron los 11 argentos triunfadores. Esa tarde no se anotó en el marcador -fue la jornada en la que Onzari marcó el gol luego denominado como “olímpico”-, pero hizo varias de las cosas que los rosarinos aplaudían domingo a domingo.

Esos mismos hinchas que en 1932, en un gesto de generosidad y reconocimiento, le regalaron una casita para que pudiera vivir allí. Además, tuvo la suerte de que le dieran un gran reconocimiento en vida, ya que el 7 de noviembre de 1969 una asamblea de socios del “charrúa” determinó que el estadio de Central Córdoba llevara su nombre, en lo que fue un estricto acto de justicia. Sabía decir Sosa que sus máximas alegrías como jugador habían sido (además del referido triunfo ante Uruguay), la goleada 8-0 a Rosario Central que significó uno de los títulos a nivel rosarino -en 1932- y la final de la Beccar Varela, ganada ante Racing Club de Avellaneda.

El 3 de marzo de 1971, la muerte lo sorprendió en aquella casa que le habían donado un grupo de hinchas del equipo cuya camiseta había defendido durante tanto tiempo y de tan buena forma. Desde ese momento su nombre se convirtió en leyenda y puede afirmarse sin dudas, que entre los patriarcas de nuestro fútbol, Gabino Sosa tiene un lugar muy destacado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada